Hoy tengo la oportunidad
de hablar sobre un personaje a quien le agarre mucho cariño desde mi infancia
pues no tengo palabra para describir la emoción que yo sentía cuando era
pequeña al escuchar la corneta de su carretita cuando venía al callejón donde vivo
desde que tengo memoria, solo de pensar que después de un caluroso día en la
escuela iba a disfrutar su delicioso helado me ponía muy contenta. Pero no sólo
era lo sabroso y refrescante de su sabor si no también el cariño con que el atendía,
y atiende a su clientela; en especial a los más pequeñitos.
Él es Manuel Leónidas
Bravo Ávila, popularmente conocido en la ciudad como “El coñudo" quien
desde hace 58 años se dedica a la venta ambulante de helado. El con mucho
orgullo me cuenta que el mismo prepara sus ricos helados, pues aprendió cuando
trabajo en el refinado campo verde, desde allí se dedica a hacer y a vender helados
en las escuelas y colegios de la Portoviejo.
El actualmente tiene 79
años, y la venta de sus helados es su único sustento para vivir, tiene 5 hijos,
3 varones y 2 mujeres que le han dado 4 hermosos nietos que son su adoración.
El, con mucha nostalgia admite que, aunque no es mucho lo que gana cuando tiene
dinero les ayuda dándoles algo.
Su esposa, quien fue su
compañera de vida por muchos años falleció, es un recuerdo que lo pone muy
triste, se puede ver la tristeza reflejada en su rostro por eso cuando le
pregunte por ella se quedó en silencio por un instante como si estuviera agarrando
fuerzas para contarme así que preferí cambiarle de tema y aproveché para que me
aclarará una duda que desde hace mucho años merodeaba en mi cabeza.
¿Por qué el apodo de “el
coñudo"?
Su rostro cambió
totalmente, soltó una carcajada y me contó que hace mucho tiempo una chica que
era frecuente cliente le pidió una colaboración, ya sea económica o proporcionándole
helados para repartir en campaña, pues ella era candidata a consejo estudiantil
de una de las tantas escuelas que visitaba.
Él se negó, pues sabía que
ella si tenía los recursos necesarios a diferencia de él que sólo tenía sus
helados y lo que ganaba era muy poco para darse el lujo de andar regalándolos.
Dice con una sonrisa un tanto sarcástica que desde allí lo conocen como
“coñudo" aunque él no se considera así dice que no le molesta ya que le ha
dado un poco de identidad y reconocimiento a él y a sus helados.
Hasta el sol de hoy sigue
vendiendo sus deliciosos helados, a pesar de su avanzada edad y de que a veces,
confiesa con mucha pena, ya no tiene ni fuerzas para arrastrar o pedalear su carreta,
pero tiene que hacerlo para conseguir el sustento del día a día.
Aunque para el su edad no
es su única intranquilidad, sino que siente que no tiene paz para trabajar por
las autoridades municipales que muchas ocasiones lo han echado del lugar donde
estacionar su carreta por eso cada vez que sale a trabajar sólo lo hace unos 15
a 20 minutos en cada institución que visita, vende lo que más puede y se retira
a su hogar. De allí su jornada vuelve a empezar a las 6 de la mañana cuando
prepara sus helados y los pone a congelar hasta el medio día que ya se dirige a
los planteles antes de que salgan o comiencen las clases.


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